Capitulo nueve
Tomo el frasco con su mano izquierda, con la derecha saco la tapa de goma y lentamente lo vertió en la pileta sucia de platos.
Nueva mudanza, nueva limpieza, después de tanto tiempo había logrado desparramar ese contenido sobre la inmundicia de los platos de la noche anterior.
Los nuevos olores que habitaban en sus manos desde hace mucho tiempo, las nuevas formas de habitar su cuerpo y el de las otras. Las nuevas prácticas que había aprendido para poder aprehenderse, configurarse, desaprenderse, despegarse, irse y volver.
No había más que decir, el silencio de los años era la mejor respuesta a esas preguntas que se había hecho hace tanto tiempo. Preguntas infantiles y sin sentido, menos aún ahora. Había elegido esa forma tan absurda de castigarse por haber elegido esa forma tan dolorosa de ser feliz. Odín siempre lo supo y por eso atravesó la espada, pero se olvidó cuando fue a buscar su tesoro. ¿Cuánto se ha de pagar? Si para lograr lo que uno quiere debe atravesar demasiado dolor, es que tal vez no sea eso lo que realmente se desea.
Muchas de esas relaciones que le marcaban las manos y la piel con olores habían sido resueltas bajo ese precepto. Cuando algo parecía costar demasiado, probablemente no valiera la pena. Jamás volvió a dejar que su felicidad interfiriera con la de los demás. Donde algo empezaba a no cuajar, que era lo habitual, optaba por salidas oportunas, casi siempre elegantes, viajes, trabajos, etc.
Al final el castigo había inflingido marcas en su cuerpo, lo había moldeado, atravesado, formateado de manera tal que los recordatorios de su dolor ya no debían ser externos. Le bastaba con mirarse, reconocerse y tocarse, para saber que su cuerpo había pagado con justicia el castigo que su alma le había propiciado. ¿Para qué, entonces, conservar un frasco? Ya no tenía necesidad de actualizar el recuerdo de su dolor, la cicatriz estaba bellamente incrustada en su piel, los bordes sobresaliendo producto de la infección causada por la exposición prolongada al aire y los microbios. Muchas veces se le infectó y muchas veces volvió a sanar. La marca estaba hecha. La yerra, que era fiesta y regocijo, había quemado en su piel el signo de la propiedad.
Desnuda se miró al espejo, en todo su esplendor aparecía la cicatriz, por doquier, ubicua en su piel, en cada rincón, como la varicela mal curada.
¿Cuántas de ellas sabrían que su cuerpo antes no era así? ¿Cuántas de ellas podrían atisbar que su cuerpo antes no había tenido más marcas que las de los lunares?
No, ninguna de ellas, ni ella misma lo recordaba en su estado prístino sin dolor, sin marcas. Ahora ellas eran ella, parte de su encanto, de su forma.
Lentamente se dirigió a la habitación.
Dormía, casi tan placidamente como había dormido su venganza todos estos años. Colocó el frasco en la mesa de luz, tapado y vacío. Tomo su ropa desparramada por ahí, y salió tan lentamente como había entrado. Afuera se vistió, tomó el celular de ella, buscó su agenda y borró su número. Eliminó sus mensajes. Se dirigió a la puerta, la destrabó, sutil y pausadamente, sin hacer ruido. La abrió. Salió hacia el palier. La cerró nuevamente.
Bajó las escaleras, siete pisos, cada uno de ellos como círculos. Llegó al hall, las puertas abiertas y el portero baldeando. Lo saludó con un buen día y caminó hacia la vereda.
Un avión a Barcelona.
anoche soñé.ya sé por donde van los caminos.a
3 comentarios:
creo haber protagonizado su historia
o quizásno
y lo estoy a punto de hacer
.
unplacer encontrarla
vuelvo pronto
digame, será la que se queda dormida o la que se va?
el placer es todo mío.
vuelva pronto
bonitinho
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