Capitulo dos
Un aprenderse, un saberse, un sabor amargo en una boca que no dejaba de repetir su nombre, nombre que se desvanecía en esa tarde de primavera que anunciaba tan bonito un verano caliente.
María miraba el atardecer como se mira algo que se va, que dura lo poco que tiene que durar y es tan lindo que sea así.
Se fue a la estación, tenía visitas, de esas que le ayudaban a pasar el fin de semana. Cosas de todos los Domingos de ese verano, cortar el pasto, preparar el fuego. Se fue a la estación a esperar a las visitas. Pero María no esperaba visitas, se puede decir que ciertamente las esperaba, pero no las esperaba a ellas, la esperaba, como quien espera que ese cielo negro que anuncia tormenta de verano no se caiga a baldazos de agua fría en quince minutos, cosa que efectivamente sucederá. María la esperaba a ella, esperaba verla bajar del tren, saludarla con un fuerte abrazo. Mirarse, reírse, saber que había despertado, que esa realidad era la realidad, que lo anterior era un mal sueño.
No bajó, no vino. Sí vinieron sus visitas, las saludó.
No sabía si había un tiempo para curarse ni un tiempo para esperar. No había que esperar a nadie, nadie iba a bajar de ese maldito tren. Solo para contemplarlo, solo para mirarlo, solo para saber que habían cosas que se marchaban y cosas que venían. Que tal vez ella era de las que se marchaban y sabía que era de las que no vuelven.
La certeza se despejaba sola en su cabeza una vez más. María sabía que ella no iba a elegirla nuevamente. Cualquiera fuera la razón no había manera de volver. Siempre que bajara de ese tren, si es que alguna vez volvía a bajar, lo haría viniendo desde otro lugar. Desde ese otro lugar que María empezaba a odiar, con un odio sordo, opaco. Igualmente, sabía que las probabilidades de que bajara de ese tren nuevamente desde ese otro odiado lugar, incluso, eran pocas. No volvería a Mercedes. No iba a pasar. María se marcharía de Mercedes en Abril del año que viene, con una beca en la mano, con las ganas de empezar algo nuevo, con el sabor del deseo cumplido. Un departamento en capital, las mañanas y las tardes trabajando en su tesis. Las noches en casa, sus amigos, extrañando las tardes de mate y sol en Mercedes, pero disfrutando lo nuevo en su vida.
Tal vez a fin del año que viene, se sintiera preparada para empezar algo de nuevo. Tal vez a fin de ese año, sintiera que no había que esperar ese tren. O que tal vez en ese tren iba venir alguien más. Alguien diferente, nuevos olores, cuerpos y bocas. Ese empezar de nuevo una vez más. Más tranquila, reservándose un poco, cuidándose. Y sin embargo, cada tanto le asaltaría la pregunta, tirada en la cama, desnuda, fumándose ese cigarrillo que se resistía a dejar, antes de dormirse, luego de una noche de coger o hacer el amor (que más da) si valía la pena amar así, si se podía reservar, si cuando uno ama se reserva. Se acordaría (en secreto) de ese tren, de ese invierno. De ese darse a pleno. Esa forma de entregarse, que nunca más había podido y (sobre todo) querido hacer. Amar racionalmente, psicológicamente, metódicamente, pacientemente, reservadamente. Dejar lo intensamente, apasionadamente, locamente, entregadamente del amor en un vagón de TBA rumbo a Mercedes, para que alguien, que no era María ciertamente, lo esperara en el andén de la estación a las ocho y veintitrés de la tarde.
Amar en colectivo o en subte, racionalmente, dando de a poco, en cuenta gotas. Ese amor que no se escapa de las manos, ese amor mentiroso.
Otro buen amor, diferente, para no caer en ese odiado, sordo y opaco lugar. Otro amor que inaugurara el año a besos, a mordidas en el cuello, en los hombros, ese encontrarse en otros ojos, saberse amada, amar (racionalmente, lógicamente, psicológicamente), pero amar al fin. Jugar con un nuevo cuerpo, disfrutarlo como se disfrutan las cosas buenas de la vida. Aceptarlo como se acepta todo bueno de la vida. Decirse las cosas en los ojos y en las espaldas, escribirse el cuerpo, buscarse y encontrarse.
Así ese año empezaría con María enamorada (racionalmente, lógicamente, psicológicamente, cuidadamente) escribiendo su tesis, queriendo a su amor, a su gato, a su departamento. Y de vez en cuando, muy de vez en cuando, cuando ella se durmiera luego de coger o hacer el amor (que más da) pensaría en ese tren y en la persona que estaría esperando ese amor de los que aman locamente, apasionadamente, intensamente, entregadamente.
Pero de tonta solo tengo la suerte -gracias Julio por prestarme esa frase- diría entre risas, apagaría el cigarrillo, la abrazaría, como se abrazan las cosas buenas de la vida y se quedaría dormida soñando con un tren que se va, con ella adentro.
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