sábado, 7 de julio de 2018

La muerte y el gato

El papel decía que nació el 4 de septiembre de 2004. Fede lo rescató de una veterianaria donde regalaban a sus hermanos.
Llegó a casa en octubre tal vez, no recuerdo el día, pero sí la sorpresa de tenerlo. Un pequeño maullador y lioso.
Nos hicimos amigos y nos quedamos juntos. Ya lo conté antes.
Ayer, a las 8 de la mañana, mi compañero de aventuras Legui se fue. Lo tuvimos que despedir a la fuerza porque sus pulmones no daban más y no queríamos que muriera ahogado. Se lo había prometido, que pese a mis deseos de tenerlo más tiempo, no lo iba a hacer sufrir.
Esa madrugada se había subido a la cama entre nosotras, se agitó, se calmó, ronrorneo y descansó un rato aliviado. Nos vino a despedir, a despedirse.
Legui fue mi compañero durante casi 14 años. Fue testigo de todas mis separaciones, donde me cuidaba durmiendose a mi lado abrazando con sus patitas mis brazos. Fue testigo de mi amor y de mi matrimonio. Nos cuidó, nos rompió muebles, zapatos y bolsos. Nos tiró chupitos. Nos despertó de portazos en el placard, maullidos y patoneos en la cara. En el último tiempo teníamos un juego, el me despertaba patoneandome, yo le hacía unos mimos, el me hacía mimos en la cara, yo le volvía a hacer mimos y así hasta el infinito o hasta que se cansara y se durmiera en la almohada.
Su ausencia duele. Duele tanto. Duele de una manera que solo Legui sabía consolar y ahora Legui no está para hacerlo. Quizás Legui sepa, como lo saben solo los gatos, que ya no lo voy a necesitar para separaciones, pero yo lo amaba. Lo quería a pesar de su hinchapelotez constante. Lo quería porque era un mimoso. Lo quería porque era nuestra compañía y ahora la casa es soledad sin ese gordo dando vueltas.
Me duele un gato en todo el cuerpo. Y escribirlo es poder procesar un poco más ese dolor. De la soledad de la pérdida no se vuelve. No quiero olvidarlo, quiero recordarlo sin que su ausencia duela tanto.
Te quiero gordo. Te amé al infinito. Se que me amaste como aman los gatos. Espero que hayas sido feliz, me gustaría tener esa certeza, pero viste como son los gatos. Una nunca sabe.
Te dejé tu platito de comida y dos monedas para pagarle al barquero. Espero que corras los conejos con los que soñabas. Que comas todo lo que desees. Desde acá nos queda como única certeza que te amamos con todo. Que te extrañamos con todo. Que la ingeniera y yo nos quedamos sin el tercer integrante de la familia. Hasta luego, querido.