entonces trato de encerrarme en mi casa, de pasar tiempo con mis cosas, mi cama, mis libros, mi propia y singular manera de hacer las cosas. limpio y ordeno, clasifico y desclasifico.
trato de hacer la menor cantidad de visitas sociales, solo las necesarias para no ser calificada de enferma social y pasar a ser una outcast.
mantengo el espíritu de tratar de no hablar por teléfono después de las nueve de la noche y ahora que los pantalones se resisten a entrar a los 6 kilos (seis kilos!!!! es una verguenza!!! cocinero montonero renuncie) que con gloria supimos conseguir en este mes de trabajo, me preparo una cena liviana mientras pienso que esto de las colaciones entre comidas es terrible y que el yogurt bajas calorías debería estar entre los productos de la canasta familiar.
vivir con gente agota y a mi particularmente más. me resulta un poco difícil congeniar mi manera de hacer las cosas con las de otros. pero también agota porque siempre hay alguien que te fuerza a hacerlo a una manera que no te gusta o no te sentís cómoda. no me gusta seguir el ritmo de otros.
me gusta mi manera de hacer las cosas de la casa, me gusta mi manera de habitarla y me siento cómoda conmigo cuando lo hago. por eso, mi ermitañez es cosa de preocupación, tanto más para mi madre que me augura (con buen ojo, supongo) un futuro de soledad en la convivencia.
mi carácter, claro, no ayuda y constituye un motivo más para hacer la vida solitaria.
amo el silencio, la concentración, casi nunca pongo música, salvo para limpiar. manejo a mi antojo el control remoto.
y sin embargo, una tozuda, disfruta de otros silencios, de maneras de compartir cocinas y recetas. de ser juanita por un rato.
ser ermitaña no es una opción para mi, es un modo de vida. puedo elegir compartir un poco más o un poco menos con otros, pero no podría renunciar nunca a mi espacio de soledad. no puedo, por más que quiera.
reflexiones. ni más ni menos. mientras me como el yogur y simulo que es una delicia.