No saben muy bien como lo planearon, solo que fue a la vuelta de un viaje de trabajo de la ingeniera en el que se bajo de un avión y se subió a un catamarán. Habían reservado una habitación en una hermosa -parecía eso- posada en la ciudad.
Se despertaron a las 4 de la mañana para estar a las 7:30 en el puerto, justo a tiempo para hacer la cola de embarque. Hacía sueño, y un calorcito de febrero que invitaba a un fin de semana de Uruguay La arqueóloga hacía 5 años que no se tomaba vacaciones y ese fin de semana parecía un oasis en medio de una tesis que era el infierno. Así como la ingeniera era el refugio de un año que había empezado pésimo y jamás anticipaba un final a toda orqueste. Febrero era, sin dudas, un anticipo de lo que estaba por venir y ese viaje, en esa fecha, con ese sol, determinó mucho de lo que luego sucedería.
Emprendieron el viaje sin sobresaltos, sentadas junto a la ventana y tratando de escabullirse al baño para cumplir una fantasía.
A la llegada y luego de migraciones, se tomaron el transfer a la posada. Era más linda de lo que aparecía en la página y la habitación que les asignaron era hermosa, justo en la esquina recibía todo el sol de la tarde.
Pasearon, almorzaron, sacaron fotos, lo de siempre.
Al encarar el calor, se fueron a la pileta en donde compartieron el agua hasta que llegaron unos niños que coparon toda la parada. Mientras tomaban el sol, una pareja de señores mayores se debatían si el toallón de una de ella era o no era la bandera del orgullo. Ellos concluyeron -errados- que no, que simplemente era un arcoiris.
El acierto, sin embargo, fue volver a la posada a dormir la siesta. Una siesta que se prolongaría desde las 5 de la tarde hasta las 8 de la mañana del día siguiente y que, exceptuando los interludios del amor, consistió en un sueño reparador de 9 horas. Es que las chicas estaban cansadas.
De esa tarde las dos recuerdan mucho, pero hubo algo que se confesaron por primera vez al mes siguiente, esa tarde, en esa habitación de la esquina de la posada, las dos quisieron -pero callaron- decir las palabras de amor. Y de esas ganas y de ese ocultamiento quedaron pruebas que demuestran las ganas que esas dos tenían de decirse las cosas. Y como no podían decirlas con la voz, usaron la boca, los labios, las manos, los besos, las piernas, los rulos, todo lo que tenían a mano para confesarse lo que no podían decirse. No habían impedimentos externos para que se lo dijeran, solo que ambas eran cautelosas.
¿Cómo podía ser que Colonia les deparara la certeza del amor, cuando venían de donde venían? ¿Era posible tanta suerte? ¿Era posible que esa hermosa e inteligente ingeniera -de muy lindo culo, by the way- quisiera a la arqueóloga más allá de considerarla -gustosamente para la arqueóloga- como un complaciente objeto sexual? ¿era posible que la arqueóloga quisiera a la ingeniera de esa manera en que se había prometido tener cuidado de querer?
Seamos cautas, hasta ese momento, y luego de él, ninguna de las dos había pensando que esa sería una relación que fuera más allá de un goce compartido. Pero Colonia mostró lo contrario. Colonia mostró que la ingeniera y la arqueóloga, tal vez y sólo tal vez, se habían encontrado no solo para el goce compartido, sino para compartir viajes, TBBT, Dirty Dancing y GOT.
Y esta vez, antes de arrojarse a la pileta, fueron muy cuidadosas y testearon no sólo que tuviera agua, sino que la temperatura fuera agradable.
Colonia fue el comienzo conciente de un viaje que había empezado unos meses atrás y que tenía toda la pinta de seguir.
Y así fue como Colonia se transformó en ese lugar en que las dos fueron felices.
Dato de color: por una rareza de destino, en la misma posada se alojó para esa fecha Fernández Meijide.
3 comentarios:
Definitivamente colonia es una ciudad para las amantes.
Marielet
Seguís siendo el mismo tortón deprimente ajjajaja.
Tortón si, definitivamente. Deprimente is the new black. O como dice una querida amiga: Deprimente y sensual Talita.
Hasta luego
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