viernes, 26 de octubre de 2012

espejitos de colores

quien no, durante su educación escolar, escuchó hablar numerosas veces sobre el hecho de que los indígenas americanos entregaron su oro y su plata a cambio de espejitos de colores que les dieron los europeos.
este ejemplo se usó muchas veces para describir la estupidez galopante y la falta de conocimiento que habrían tenido los pueblos originarios, que no supieron ver el gran valor del oro que le entregaban los codiciosos españoles que tan solo les daban a cambio, algunas baratijas. bien constados estuvieron, parece decir la moraleja, así aprendían el valor de oro y de la plata en el mundo moderno.
sin embargo, se suele esconder un hecho muy importante: las baratijas, esos espejitos de colores, la cuentas de vidrio para collares o las telas de color rojo que solían ser las elegidas por la mayoría de los indígenas que se acercaban a intercambiar con los europeos, eran carísimas. si, como ud lo oye. El color azul de muchas cuentas y el color rojo de muchas telas eran extraídos de minerales que eran escasos de conseguir y, como todo bien escaso, muy caro. claro que esos minerales eran más baratos que el oro en europa, así que valía la pena intercambiar esas "baratijas" por oro.
en este relato donde la voz principal suele tener un acento castizo o criollo oligárquico, también se olvida de manera piadosa para sus padres, abuelos o ascendientes, que el oro para los americanos nativos era también una "baratija". y la razón era porque, para terrible pena de ellos mismos, muy abundante. no solo abundante, sino que las minas de oro y plata no tenían acceso restringido (en algunos casos si, pero no era tan restringido). los artesanos orfebres y metalúrgicos especializados existían solo en los grandes imperios (incas y aztecas) pero las comunidades del NOA y de gran parte de américa sabían como trabajar la metalurgía o al menos los metales nobles. no había razón para considerar al oro más valioso que el maiz, la papa o la quinoa, pero si había más razón de considerarlo menos valioso. al fin y al cabo, en una economía muy poco mercantilizada y en donde no existía la moneda, el oro no tenía valor de cambio ni de atesoramiento. la riqueza y prosperidad de los Incas se medía en su capacidad para atesorar maíz y quínoa para los momentos de escasez del reino y, por lo tanto, su riqueza eran sus campos de cultivo y sus qolcas de almacenamiento.
en méxico cuentan que si había algo parecido a una moneda y eran los frutos del chocolate. sin embargo, en el corazón de centro américa, todo giraba en torno a la agricultura de maiz y zapallo, las grandes obras de sillería y construcción, los acueductos y la posibilidad de medir y calcular astronómicamente las diferentes estaciones.
la idea de los espejitos de colores tiene un tono degradante para los pueblos originarios. ¿qué sentido tiene si no la contamos en su extensión? ¿acaso los materiales exóticos y novedosos no serían valiosos en contextos sociales con una gran división social y jerarquías marcadas? ¿acaso no nos venden celulares por fortunas que compramos solo para asegurarnos una cierta mirada social?
el oro lo es. sin duda alguna, tal vez hoy no ocupe un lugar preponderante en el display visual de la fortuna, pero ha sido siempre un estandarte asociado al poder, aun entre los pueblos americanos.
sin embargo, aquí estoy leyendo sobre la cantidad de cuentas de colores que se entregaban a los indígenas a cambio de sus arcos, flechas, arpones y boleadoras. productos que ellos manufacturaban más rápidamente que lo que los europeos podían volver a sus mercados a por más cuentas.
para los pueblos originarios, los espejitos de colores tuvieron otro significado más asociado a la presentación material de la belleza o del poder que a sentirse robados por aquellos que les cambiaban esas maravillas por sus mundanos arcos y astiles y que, vaya el colmo, no tenían ni idea cuando esos pillines desnudos les daban piezas de dudosa efectividad confeccionadas tan solo para el intercambio.
hay veces que me los imagino, mirando las barcas retirarse de las costas, saludando y gritando, como solían hacerlo y pienso si entre ellos no se hubieran mirado y entre carcajadas se preguntarían que chapuza les habían dado a cambio de obtener un precioso cuchillo de hierro. claro, de esas chapuzas no podemos leer, porque ellos no pudieron escribirlas.

pd: unoalseis, prometo ir pronto a por su sugerencia.



4 comentarios:

Anónimo dijo...

Para la reflexión. Sobre el valor y el precio. Sobre como se fija el valor de las cosas, y quienes y para qué. Sobre lo que pagamos cada uno de nosotros para obtener nuestros oros o baratijas. Sobre la necesidad y el deseo de poseer algunas cosas. Sobre la autenticidad de esas necesidades y esos deseos.
Me quedo pensando, che...
Saludos.
pd: Talita cumple y dignifica. (bué, de momento promete, pero le tenemos fe...Talita conducción!)

Pili (Como Cher...) dijo...

Digamos que voy a ahorrar en cuentas y telas.... el oro es para giles!!

Anónimo dijo...

La note chinchuda, y a quién no, desmitificar la historia es una tarea noble, pero como todo "develar" nos va iluminando el cuarto desarreglado, y el cuarto es un hecho del mundo que es el mismo mundo que pisamos ahora, y los mismos trueques, y el mismo discurso falaz.
Vane (no se me hizo vicio el anonimato)

talita dijo...

unoalseis: y sip. el valor y el precio son dos cosas diferentes. si lo sabrán quienes hacen trueque!
promento, cumplo y dignifico
saludos!
pili: el oro, en el banco ciudad. hágame caso...
besos
Vane. genial que el anonimato no se haga carne... si, por ahi estaba chinchuda. no sé, vengo pensando en varias de estas cosas a raíz de ciertos acontencimientos nacionales. pero no es prerrogativa argentina, ojo, que se ha generado un terrible aprecio por ciertas baratijas como marcadores de pertenencia que se contradice con el lindo discurso del consumo sustentable.
saludos!
saludos