miércoles, 25 de febrero de 2009

Vida en campaña


Desde hace unos días he notado que la lectura continua de fuentes, crónicas y diarios de viaje del siglo XVIII y XIX ha modificado mi manera de escribir y pensar.

Es asi que me propuse escribir un post relatando cómo es la vida de campaña al modo de la descripción de un diario de viaje.

Por lo pronto se deben imaginar que no contamos con muchas comodidades. Carecemos de infraestructura sanitaria, de manera tal que debemos hacer uso del bosque en toda su rotunda extensión. Cada uno de nosotros tiene más o menos delimitado su sector de “baño” aunque nada impide que otro use otro sector, en general los límites son respetados. Por las mismas razones, el aseo personal se realiza sólo con agua que recolectamos en bidones del Río Varela. Esto nos permite lavarnos la cara (si, si talita, justo vos lavándote la cara) y los dientes y tener un aspecto algo más aseado (?). Para tener una especie de agua corriente se ha puesto un gran bidón de 100 litros sobre una elevación y se ha dejado caer una manguera con una canilla final. El efecto sifón y la diferencia de pendiente hacen el resto para que lavar los platos y asearnos sea un poco más fácil en estas rústicas condiciones. Algunos de nosotros nos hemos lavado el cabello en las aguas del pequeño río ante la mirada atónita de acampantes ocasionales.

Comemos dos comidas fuertes al día, más el desayuno que consiste en café, té o mate acompañado de pan, dulces y mermeladas. Se puede comer chocolate al momento que se quiera, pues debido a las bajas temperaturas es necesaria una continua entrada de calorías para mantener el cuerpo caliente (?).

El día comienza a las 7 de la mañana con el llamado a despertarse. Generalmente se hace café general que uno se va sirviendo a medida que llega a la carpa cocina. En ella contamos con una mesa, un anafe con gas de garrafa y guardamos todas las provisiones y enseres domésticos. Esta carpa debe permanecer cerrada en la noche debido a la presencia constante de zorros que se puedan comer nuestro alimento.

Una vez desayunados, nos dirigimos a las cuadrículas cada uno con sus elementos de trabajo. Si el día se encuentra dentro de una temperatura agradable tomamos un café a media mañana sin parar de trabajar, pero si el día es muy frío se para media hora para recuperar un poco de temperatura.

El clima en estos parajes es muy volátil. Puede amanecer el cielo cubierto amenazante de lluvia y a la hora hacer un espléndido día de sol que permite incluso trabajar con poca cantidad de abrigo.

Trabajamos hasta la una del mediodía cuando paramos para almorzar. Si el clima y la temperatura lo permite, comemos una picada y nos recostamos a descansar un poco. Este es el momento de mayor temperatura generalmente por lo que también lo aprovechamos para realizar las tareas de aseo personal un poco más exhaustivo (?). A las tres reanudamos nuestras tareas que pueden incluir una partida de nosotros a buscar agua al río. El agua se recolecta en bidones y luego se transvasa a los tanques mayores. Es así que nuestros viajes al rió se hacen cada dos días aproximadamente. Algunos de nosotros aprovechamos estos viajes para lavar alguna de nuestras prendas, muy sucias por el continuo contacto con la tierra y la zaranda.

Terminamos de trabajar alrededor de las siete y tras un breve descanso preparamos la cena. Esta es sin duda alguna, nuestra comida más fuerte y suculenta. Guisos con carne, polenta, carne a la cacerola, ñoquis y pasta en general; hasta un guiso de cordero y repollo preparado por nuestro invitado noruego son algunos de los platos que hemos ingerido. De campaña se suele abrir mucho el apetito y es normal aumentar algunos kilos de peso. La comida nocturna se sirve acompañada de vino y luego de comer el postre (frutas, postre vigilante, postrecitos o chocolate) se termina bebiendo alguna medida de las bebidas espirituosas que suelen acompañar a los arqueólogos en sus campañas. La sobremesa es fundamental. Durante la comida y luego de ella se producen los hechos más hilarantes de toda la campaña a la vez que se cuentan las mejores anécdotas. Muchas noches hemos comido alrededor de una fogón alimentado por Nothofagus (lenga).

Debido a que la convivencia es permanente con las otras personas de la campaña es menester tener un tiempo a solas. Ese tiempo es necesario para poder mantener cierta privacidad. Es por esto que cada uno de los miembros cuenta con una carpa personal.

Las noche suelen ser muy frías por lo que se debe dormir con mucho abrigo.

Gracias a la generosidad de los dueños de la Ea. Harberton podemos usar la ducha del Museo que se encuentra en el casco de la estancia. Cada uno de nosotros cuida muy bien de no abusar de la confianza de nuestros anfitriones y espaciamos las visitas de tal manera que nos bañamos una vez por semana. Durante la campaña tenemos un día de descanso que se puede utilizar para bajar a Ushuaia. En ese momento aprovechamos también para darnos una ducha y disfrutar de las comodidades que brinda la civilización occidental. Por ser una de las cuenta con carnet de conducir me he visto en la obligación de bajar dos veces a la ciudad en camioneta para reaprovisionarnos.

Si bien los primeros días de la campaña, la adaptación es dura y cuesta, al tiempo una se ha encariñado con su bolsa de dormir y su carpa, y casi no recuerda las “virtudes” de vivir en una ciudad.

Muchas veces tuvimos la visita de los turistas ocasionales que nos observaban trabajar. Mientras el directos de la campaña les explicaba nuestro trabajo podía sentir sus miradas horrorizadas por nuestro aspecto.En esos instantes nos sentíamos como el "otro" cultural.

La vuelta a la ciudad ha sido dura. Volver a la rutina del transporte público y al ritmo acelerado con que se vive en una metrópoli es difícil luego de una larga estancia en el outdoors. Esto ha sido llamado depresión post campaña y nos aqueja a muchos. Incluye añorar las condiciones de vida en la foresta e, incluso, una especie de síndrome de abstinencia por dejar el elevado consumo de alcohol de manera súbita. Esto se expresa en continuos temblores y falta de sueño. Lo que más ha llamado mi atención es el apetito voraz que tengo. Trato de no abusar pues no puedo mantener el ritmo de alimentación que tenía en latitudes tan bajas. Por lo que me siento hambrienta todo el tiempo.

Una vez retomada la cotidianeidad citadina y la vuelta a la normalidad, una recuerda con cariño las mañanas con el sol saliendo entre las montañas y la Bahia Imiwaia.

7 comentarios:

If... dijo...

Bueno, me encantó! (después desarrollo un poco más). Me hubiera encantado estar en una campaña en el sur...

Anónimo dijo...

¿Fuego con Lenga?

talita dijo...

sip, es lo unico que crece. mucha llama poca brasa.

Anónimo dijo...

qué buen laburo y qué linda vida!

reconozco que pasar frío todo el tiempo y no poder ducharme con agua caliente seguido, son los dos hechos que han espaciado mis excursiones campamentiles en mi vida adulta mayor. así que mi admiración para usted y sus compañeros/as de campaña.

y digamé, qué hacen los arqueólogos cuando no están en el medio de la nada??

Erica dijo...

Me encantó la crónica de la campaña, fue como estar ahí, me hiciste sentir parte, visualizarlo.

Aunque, como Ribka, no soy muy fanática de pasar frío y no usar agua caliente...

¡Quiero más crónicas!



Besos

xavi dijo...

Casi se convierten en "The Others" (los de Lost)

talita dijo...

Ribka: una vez que una se acostumbra a la mugrecita (?) se puede incluso encariñar con ella. lo más cansador es no tener un lugar calido en donde refujiarse, salvo la bolsa de dormir. ¿que hacemos los arqueologos cuando no nos divertimos en campaña? bueno lo dejo para un post, lo prometo.
Erika: gracias a ud.
Xavi: ¡Eramos The Others!!! la gente nos miraba raro!!! te lo juro!!!
besos